Una Novata En Un Cuento De Hadas -
Elara miró el calcetín. Estaba tejido con hilos de luz de luna y olía a lluvia fresca.
—¿Cómo sabía que vendría? —preguntó Elara, entrando con cautela.
—Ganas el derecho a no ser el personaje principal —susurró—. Ganas la libertad de observar el milagro sin tener que salvar el reino. Es el mejor papel de todos. Una novata en un cuento de hadas
Esa tarde, Elara no luchó contra dragones ni besó a príncipes dormidos. Simplemente ayudó a una bruja a emparejar calcetines que viajaban entre dimensiones y aprendió que, en un cuento de hadas, el mayor acto de valentía es dejar de intentar tener la razón.
—¿Y qué gano yo a cambio? —preguntó Elara, recuperando un poco de su instinto del mundo real. Elara miró el calcetín
Era la primera vez que Elara pisaba un suelo que no obedecía a la gravedad, sino a las rimas. Al cruzar el umbral del viejo roble en el jardín de su abuela, no cayó en un agujero, sino que aterrizó suavemente sobre un campo de margaritas que pedían perdón cada vez que ella las pisaba.
Elara se quedó petrificada. No era el hecho de que la flor hablara lo que la desconcertaba —había leído suficientes libros para esperar eso—, sino que no sabía cuál era el protocolo. ¿Debía inclinarse? ¿Debía ofrecer agua? —Lo siento mucho —logró decir—. Soy nueva aquí. —preguntó Elara, entrando con cautela
Caminó por un sendero que parecía hecho de azúcar glass, evitando mirar demasiado a los árboles, que cuchicheaban sobre su peinado. Pronto llegó a un cruce donde un cartel indicaba: "A la derecha: El Lobo que se cree Abuela. A la izquierda: La Bruja que solo quiere que le ordenen la despensa. Recto: El Castillo de Cristal (Cuidado con los pies descalzos)" .